La Asunción de María es la fiesta de la esperanza cumplida.
La Iglesia nos enseña que, terminada su vida en la tierra, la Madre de Jesús fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo. No por sus méritos humanos, sino porque Dios quiso que la llena de gracia participara plenamente de la victoria de su Hijo sobre la muerte.

María es la primera en recorrer el camino que también nosotros estamos llamados a seguir. Ella nos muestra que el destino final no es el sepulcro, sino la vida eterna en Dios.

Para nosotras, el 15 de agosto es una de las fiestas más luminosas del año. Desde la víspera, el coro y el altar se visten de blanco, las flores y la música anuncian la alegría de toda la Iglesia.

Durante la Eucaristía, renovamos nuestro deseo de vivir “en el cielo desde la tierra”, entregando a Dios todo lo que somos. Y en el silencio orante de la tarde, contemplamos a María como Madre y Hermana que nos precede y acompaña.

A veces, miramos nuestra vida escondida y pensamos: “¿Cómo será el cielo?”
Y entonces recordamos que la Asunción es la certeza de que el amor vence para siempre.

Si hoy tu camino es pesado, mira a María y recuerda: todo lo que se entrega a Dios termina en gloria.

Ella ya está allí, y nos espera.