Esta no es una historia real, o sí. ¿Quién sabe cuánto de realidad tiene mi visión de esta historia? ¿Cuándo comenzó todo? Tampoco sé. Por lo pronto estamos en 2021, año del fin de la pandemia. Había pasado el 2020 como un tsunami que lo arrasa todo a su paso, también muchas vidas y con ellas la esperanza. Pero la vida sigue y no se detiene, es un huracán y tsunami al mismo tiempo revolviéndolo todo, recomponiéndolo todo, a veces en medio del más perfecto caos.

YO

Piñarena, 16 de abril de 2021*

Cuando la tarde cae en pleno otoño, todo parece en calma en medio del campo. Lejos del ruido, dicen las ancianas que a veces se escucha “fins al volar de les ànimes a Déu”. Pero hoy no es un día cualquiera, hoy en medio de esta aparente calma, un convento de clarisas en medio de una imponente y monótona llanura, decide asuntos de suma trascendencia. Asómate conmigo al cristal de la sala de reuniones. Nada más y nada menos que 37 hermanas, todas, junto a la chimenea. Sor Creta, la más decana de la casa, reparte lo que intuyo son volantes, hojitas de papel y un lápiz. Encima de una mesilla descansa una urna transparente con una ranura. Se ven caras de todo tipo, desde las más alegres, hasta otras que no ocultan preocupación. Todas hablan de algo que no os diré, porque estaría adelantando la historia demasiado, en estos momentos, estoy tan ajena a todo que si en el mismo instante estuvierais conmigo, escucharías solo el chasquido de mis cascos mientras escucho por décima vez el guión de mi siguiente corto. Y sí, te acabas de enterar, soy actriz desde hace “oficialmente” dos años, aunque eso se lleva en la sangre, es casi un instinto y las personas que nacieron actores, comienzan a aprender y re aprender una y otra vez lo difícil que son las relaciones humanas, las sociales, todas. Y aprovechando que estáis aquí, del otro lado de este antiguo pueblo, conmigo y en mi casa, os presento a mi familia.

Odi es mi madre, diminutivo de Odilia, pero ni se te ocurra llamarla así. Mi abuela, que cruzó el arcoiris hace un año, decía que el día de su primer cumpleaños, mi madre bailó una hora sin parar con el Mi padre no está, nunca a estado no lo conocí, no ha querido conocerme. Tony es mi hermano, actor también, al que me une una gran amistad y Panchete, mi “dálmata manchado”, mi buen amigo. Te aseguro que en este punto, nada de lo que pasó estaba en mis planes, pero no cambiaría ni un solo día con todo el vaivén de situaciones asombrosas que se desencadenaron luego.

Si volviéramos con nuestra cámara del tiempo imaginaria al momento de aquella votación, veríais caer pequeños copos de nieve sobre mi gorro rojo, también imaginario. Mi capsula del tiempo no me permite escuchar aquello que no he vivido, pero me llamó la atención aquellas sonrisas, a veces entre lágrimas, y aquel aplauso, parece que tienen elecciones pensé, m8ientras miraba las farolas por si me encontraba alguna propaganda electoral. Imaginaros

“Sor Celina de María, conmigo más recreo y menos trabajo. Vota a P. Sor C”.

“Sor Petra de Jesús, siempre alerta, siempre orando. Si quieres más adoración y menos ocio vota al Partido Petra”.

Pero ni carteles, ni boletines, ni mítines y mientras viajaba en el tiempo, en medio de tanta ignorancia me quedé dormida. Después leí que las votaciones conventuales son de lo más democráticas y que no existen betos.

¡¡¡Rim, rim, rim!!!

Era mi madre, que justo estaba a 14 metros de mi habitación. A regañadientes cogí el teléfono.

Antes que pudiera reprochar nada, notición inesperado:

-Sor Camila quiere hablar contigo.

-¿Sor qué? ¿Quién es?

Continuará

*Os he pillado, no intentéis buscar el pueblo, no existe.

Tengo entendido que los monasterios son muy, pero que muy oscuros y misteriosos. Al menos esa es la imagen exterior de los que veo al ir por Zanta* Pero aquel día, un cielo de color claro y miles de flores adornaban mi paso, mientras se abría el portón mecánico de aquel monasterio.

Aunque la monja, no me dio demasiadas explicaciones por teléfono aquella noche, la llamada tenía que ver con mi profesión de actriz, necesitaban asesoría en teatro y de buenas ganas quedamos. Y aquí estoy, cruzando por primera vez en la vida el umbral de un convento. Es cierto de que para todo hay una “primera vez”.

Dos grandes hileras de orquídeas y coníferas quedaban atrás, una pequeña construcción de ladrillo rojo se desvelaba, toqué el timbre. Pensé enseguida, en cómo saludarlas y qué decir. Normalmente no me suelo mover por estos mundos y desconozco si existe “lenguaje técnico”. Desde una pequeña ventana giratoria me pasaron las llaves de lo que llamaban “locutorio”. Al introducirlas en la cerradura, me imaginaba el habitáculo lleno de cabinas de teléfono y un número o extensión para cada monja. Quizás no las podría ni ver.

Una habitación llena de luz me esperaba al otro lado de la puerta blanca, en medios unas rejas también blancas, que de primeras, no me parecieron un buen reclamo de marketing precisamente. Me esperaba Sor Dina, una monjita de ojos azules y cejas rubias de no más de 40 años. ¿Cuándo salen las mayores? Susurré para mis adentros. En teoría, solo pensaba encontrar un puñado de viejecitas con cara larga, bastón incluido.

– ¿Adel verdad? Encantada, me llamo Dina, bueno Sor Dina. Ponte cómoda y disfruta de este té caliente que te dejo por aquí, es totalmente artesanal, de nuestra huerta.

– Vaya, gracias. ¿Sacarina tienes?

– Claro, ahora mismo. Voy también a buscar a la comunidad.

Me recosté en el sillón y disfruté el té. Saber que no tiene conservantes ni nada artificial, es un valor añadido, parece que tomas salud, y en parte así es. Antes que llegara nadie, acomodé el rallador que yacía al lado izquierdo de la mesa, lo giré para que no se encapace ni una gota de calor, el termómetro de la farmacia del pueblo marcaba -2 º C.

De pronto, sin poder siquiera adelantarme, comenzaron a entrar hermanas de todas las edades, hasta 37, contadas una a una.

– ¡Hola, hola! Dije, mientras no sé porque, me ponía cada vez más nerviosa, era la primera entrevista de trabajo donde participaban tantas interlocutoras.

-Adel, bienvenida a nuestra casa, a la casa de Jesús.

-Gracias, pero me gana la curiosidad, contadme para qué he venido aquí. ¿Por qué yo?

-Ahora mismo, siéntate que te contamos.

Del mando en mano de la Madre, salió un rayo láser verde que conectó enseguida el proyector. Un plano se abrió ante mí, se veía claro que era un monasterio. Mientras me preguntaba qué tenía que ver eso con ser actriz.

-Mira Adel, sin rodeos que es mejor. Tenemos que afrontar unas obras caras en nuestra casa. La zona antigua de la construcción es húmeda y fría. No es apta para que la comunidad pase ahí demasiado tiempo. Es justo allí donde tenemos las oficinas de trabajo, nos dedicamos a la repostería y a un taller de costura. Ambas cosas, solo nos dan para el día a día, por eso hasta hoy no hemos podido sanear la zona. Por otro lado, necesitamos darnos a conocer, creemos que cada vez menos chicas entran a los monasterios porque no saben cómo y porqué se vive aquí.

-Sor Camila , estoy ahora más perdida que nunca. ¿Qué tengo que ver yo con dulces, remiendos y construcciones? Soy actriz, no veo la conexión.

-Verás, los tiempos han cambiado mucho, también los trabajos. Nosotras tenemos que renovar nuestra forma de ganarnos la comida (Acentuó en perfecto castellano). Una de nuestras hermanas, Sor Martina, es profesora. Queremos lanzar una producto audiovisual con historias bíblicas contadas para niños, hecho en casa completamente.  De su venta y distribución, según nuestros cálculos podemos vivir y tener trabajo durante varias décadas. Nosotras no salimos del monasterio, salvo para lo necesario, así que tendremos convertir esto en un estudio. En este punto entras tú. Junto a Sor Martina, escribiréis los guiones. No menos importante, tendremos que llegar a un acuerdo económico para pagar tu trabajo.

Fue un flash, un mili segundo en el que se apelotonaron mil pensamientos en mi cabeza. Era ese yo que te oprime y te hace pequeña, el mismo yo interior que ahoga la mayoría de los sueños juveniles.

  • No sabré hacerlo
  • No conozco nada de Biblia y poco de niños.
  • Tendré que compaginarlo con mis estudios, mis propios proyectos, me faltará tiempo.

Pero soy joven, y cuando se es joven podemos con todo. Dije si, y todas sonrieron. Me sorprendió el aplauso, no era capaz de comprender de primera, todo lo que significaría aquel “sí”.

La Madre insistió en que se presentasen todas y cada una. Así que no me quedé con los nombres pero al menos no eran desconocidas.

Pregunté: ¿Madre, y los actores donde están, quiénes participarán?

Los tienes delante, mientras me señalaba el grupo de hermanas repartidas en tres hileras detrás de las rejas.

Me regalaron una almendras garrapiñadas “buenisísimas” y cogí el portafolio que llevaba con mi CV por si me lo pedían.

Antes de salir, se acercó Sor Martina:

-Hemos conseguido mil euros para echar a andar. La primera historia que contaremos será la Creación del Universo. Leete Génesis 1 y 2 porfa y así te enteras.

Sonreí por dentro, en hacer solo una historia se gastaría eso y más. Yo no tenía Biblia para leer lo que me decía, pero no quise estropear ese momento optimista, ni su sonrisa chispeante. Torné la puerta y antes de que cerrara dije otra vez adiós.

Zanta*: mi capital de provincia.

Zanta, es una ciudad medieval, con sus muros vetustos y negocios abiertos de siglos. En medio de la Plaza de San Elías, vive una ancianita que regenta una antigua librería. Si de libros viejos se trata, ella tendría una vieja Biblia, seguro. La librería es peculiar, de madera con barrotes y balcones que llevan a otros niveles de libros. Cuando alguna vez iba a por los utensilios del colegio, me gustaba perderme en los pasillos y escaleras soltándome de la mano de mi madre a la primera de cambio. La ancianita, que por cierto tenía una edad desconocida entre 70 y 200 años, subía con su bastón me llamaba por mi nombre y a cambio de unos suculentos caramelos me dejaba ver de nuevo al final de alguna estantería para acceder a comportarme bien luego.

-Necesito una Biblia, de esas viejas que aún circulan.

-De esas no tengo, tengo estas… Señaló la anciana.

Se estiro todo lo que pudo hasta el lugar central y más alto en la estantería. Alcanzó un libro marrón, con el borde dorado.

-¡Cuánta parafernalia y brillos para un libro! Pensé.

Cándida, que así se llamaba la peculiar anciana, entró a un lavabo, antes de abrirla, se lavó las manos y frotó fuerte sus arrugadas contra una toallita azul con su nombre.

-Anda que curioso. ¿Por qué lo haces? Mientras me exprimía el cerebro pensando que, si cada vez que le pidieran un libro, tuviera que hacer lo mismo, se le desgastarían las manos.

– Manías hija, – replicó- mi padre me hacía lavarme las manos cada vez que tocábamos este libro. Es un libro muy especial, ya te darás cuenta… tiene historia

-Bueno al lío, Cándida ¿Cuánto vale esta reliquia?

-10€ y una promesa. Lee bien y entiende lo que dice. Vuelve luego y dime qué piensas.

-Vale. Dije sin pensarlo, porque no tenía ni la más mínima intención de leerla entera y volver a por los comentarios o el debate final.

*******

El silencio del monasterio se rompió al sonido del timbre en la portería.

-Ave María Purísima.

Se oyó desde dentro. Fuera aguardaba una joven de aspecto raro. “Raro” suele ser un adjetivo muy subjetivo. El caso es que Aramís, era precisamente lo que los prejuicios suelen definir como “rara”. Casi dos metros, llena de tatuajes de flores y frases, un pendiente en la ceja más unas dilataciones en las orejas de al menos 10mm. No pasaba desapercibida. Insólito para mi lógica. Aramís se metía a monja. -No durará dos telediarios (juzgué). Viendo que las monjas tenían lío, me dí la vuelta allí mismo antes que me mandaran a entrar. No me apetecía tardar mucho, solo venía a decirles que ya tenía la Biblia y que me pondría al reto. Dejé un papel con la noticia en el torno y me fui sin más…

*****

Llegué a mi casa y me senté en el sillón de la terraza. Todos habían ido a la piscina municipal y yo estaba la mar de a gusto con tanta tranquilidad. Abrí aquel libro marrón por primera vez y antes de que pudiera leer una palabra, saltó en el reverso de la primera hoja una inscripción a mano con tinta azul : “Me ayudarás mejor desde allí”. Por el tono poético pensé que se trababa de la típica despedida de una esposa o esposo. Algo así trágico como la muerte.

La curiosidad me pudo y seguí hojeando sin rumbo fijo. Quería encontrar alguna pista del significado de aquella frase. Al suelo cayeron varias fotos. La primera que alcancé a ver, era dos jovencitos, chica y chico encima de un manzano, detrás se veía una casa de campo, un coche viejo y un perrito que parecía un galgo. ¿Hermanos, novios, ni idea? Detrás otra vez la misma caligrafía: “Antes de partir te dejo mi cruz, pues mi corazón pertenece a Él”.

-¡Huy, la historia se pone interesante! Mis neuronas interactuaron como solo lo hacen ante un reto. Quería saber más, aunque lo mejor, era devolver aquellas fotos a Cándida. Podían ser de su familia. Algo estaba claro, nadie había muerto. Aquí al parecer alguien había dejado a alguien por algo o alguien. Me valga el trabalenguas para ejemplificar la mezcla de curiosidad y confusión que rondaban mi cabeza.

*****

Para mi segunda visita al monasterio, Aramis sonreía desde el otro lado de la reja. No me pegaba en lo absoluto con todas las demás. Pero Aramis, había cambiado su chaqueta de cuero con flecos y sus botas rockeras, por un vestido café oscuro.

Te presento a la que nos ayudará con los efectos especiales. Aramís que viene desde México.

Aramis sonrió desde su sitio, una timidez graciosa asomó en sus mejillas. Cada vez que se referían a ella y todas la mirábamos, se sonrojaba a pesar de su aspecto grandullón. Aramís batió las manos para saludarme y la Madre continuó diciendo:

-Cuéntame que te trae por aquí. Has podido leer algo.

-Si y tanto. Para el primer capítulo de nuestra serie para niños ya estoy preparada.

– Pues mañana sin falta quedamos para definir el guión y las puesta en escena (Dijo Sor Martina mientras se acercaba a la reja y metía una gran bolsa de almendras garrapiñadas dentro).

– Mañana nos vemos

– Hasta luego a todas, bienvenida Aramís.

Eran las siete cuando el coche de Adel, entraba en la Plaza de San Elías, lleva en sus manos una fotos, se dirige sin distracciones hacia la tienda de Cándida… (Continuará)