Esta no es una historia real, o sí. ¿Quién sabe cuánto de realidad tiene mi visión de esta historia? ¿Cuándo comenzó todo? Tampoco sé. Por lo pronto estamos en 2021, año del fin de la pandemia. Había pasado el 2020 como un tsunami que lo arrasa todo a su paso, también muchas vidas y con ellas la esperanza. Pero la vida sigue y no se detiene, es un huracán y tsunami al mismo tiempo revolviéndolo todo, recomponiéndolo todo, a veces en medio del más perfecto caos.

Piñarena, 16 de abril de 2021*

Cuando la tarde cae en pleno otoño, todo parece en calma en medio del campo. Lejos del ruido, dicen las ancianas que a veces se escucha “fins al volar de les ànimes a Déu”. Pero hoy no es un día cualquiera, hoy en medio de esta aparente calma, un convento de clarisas en medio de una imponente y monótona llanura, decide asuntos de suma trascendencia. Asómate conmigo al cristal de la sala de reuniones. Nada más y nada menos que 37 hermanas, todas, junto a la chimenea. Sor Creta, la más decana de la casa, reparte lo que intuyo son volantes, hojitas de papel y un lápiz. Encima de una mesilla descansa una urna transparente con una ranura. Se ven caras de todo tipo, desde las más alegres, hasta otras que no ocultan preocupación. Todas hablan de algo que no os diré, porque estaría adelantando la historia demasiado, en estos momentos, estoy tan ajena a todo que si en el mismo instante estuvierais conmigo, escucharías solo el chasquido de mis cascos mientras escucho por décima vez el guión de mi siguiente corto. Y sí, te acabas de enterar, soy actriz desde hace “oficialmente” dos años, aunque eso se lleva en la sangre, es casi un instinto y las personas que nacieron actores, comienzan a aprender y re aprender una y otra vez lo difícil que son las relaciones humanas, las sociales, todas. Y aprovechando que estáis aquí, del otro lado de este antiguo pueblo, conmigo y en mi casa, os presento a mi familia.

Odi es mi madre, diminutivo de Odilia, pero ni se te ocurra llamarla así. Mi abuela, que cruzó el arcoiris hace un año, decía que el día de su primer cumpleaños, mi madre bailó una hora sin parar con el Mi padre no está, nunca a estado no lo conocí, no ha querido conocerme. Tony es mi hermano, actor también, al que me une una gran amistad y Panchete, mi “dálmata manchado”, mi buen amigo. Te aseguro que en este punto, nada de lo que pasó estaba en mis planes, pero no cambiaría ni un solo día con todo el vaivén de situaciones asombrosas que se desencadenaron luego.

Si volviéramos con nuestra cámara del tiempo imaginaria al momento de aquella votación, veríais caer pequeños copos de nieve sobre mi gorro rojo, también imaginario. Mi capsula del tiempo no me permite escuchar aquello que no he vivido, pero me llamó la atención aquellas sonrisas, a veces entre lágrimas, y aquel aplauso, parece que tienen elecciones pensé, m8ientras miraba las farolas por si me encontraba alguna propaganda electoral. Imaginaros

“Sor Celina de María, conmigo más recreo y menos trabajo. Vota a P. Sor C”.

“Sor Petra de Jesús, siempre alerta, siempre orando. Si quieres más adoración y menos ocio vota al Partido Petra”.

Pero ni carteles, ni boletines, ni mítines y mientras viajaba en el tiempo, en medio de tanta ignorancia me quedé dormida. Después leí que las votaciones conventuales son de lo más democráticas y que no existen betos.

¡¡¡Rim, rim, rim!!!

Era mi madre, que justo estaba a 14 metros de mi habitación. A regañadientes cogí el teléfono.

Antes que pudiera reprochar nada, notición inesperado:

-Sor Camila quiere hablar contigo.

-¿Sor qué? ¿Quién es?

Continuará

*Os he pillado, no intentéis buscar el pueblo, no existe.

Tengo entendido que los monasterios son muy, pero que muy oscuros y misteriosos. Al menos esa es la imagen exterior de los que veo al ir por Zanta* Pero aquel día, un cielo de color claro y miles de flores adornaban mi paso, mientras se abría el portón mecánico de aquel monasterio.

Aunque la monja, no me dio demasiadas explicaciones por teléfono aquella noche, la llamada tenía que ver con mi profesión de actriz, necesitaban asesoría en teatro y de buenas ganas quedamos. Y aquí estoy, cruzando por primera vez en la vida el umbral de un convento. Es cierto de que para todo hay una “primera vez”.

Dos grandes hileras de orquídeas y coníferas quedaban atrás, una pequeña construcción de ladrillo rojo se desvelaba, toqué el timbre. Pensé enseguida, en cómo saludarlas y qué decir. Normalmente no me suelo mover por estos mundos y desconozco si existe “lenguaje técnico”. Desde una pequeña ventana giratoria me pasaron las llaves de lo que llamaban “locutorio”. Al introducirlas en la cerradura, me imaginaba el habitáculo lleno de cabinas de teléfono y un número o extensión para cada monja. Quizás no las podría ni ver.

Una habitación llena de luz me esperaba al otro lado de la puerta blanca, en medios unas rejas también blancas, que de primeras, no me parecieron un buen reclamo de marketing precisamente. Me esperaba Sor Dina, una monjita de ojos azules y cejas rubias de no más de 40 años. ¿Cuándo salen las mayores? Susurré para mis adentros. En teoría, solo pensaba encontrar un puñado de viejecitas con cara larga, bastón incluido.

– ¿Adel verdad? Encantada, me llamo Dina, bueno Sor Dina. Ponte cómoda y disfruta de este té caliente que te dejo por aquí, es totalmente artesanal, de nuestra huerta.

– Vaya, gracias. ¿Sacarina tienes?

– Claro, ahora mismo. Voy también a buscar a la comunidad.

Me recosté en el sillón y disfruté el té. Saber que no tiene conservantes ni nada artificial, es un valor añadido, parece que tomas salud, y en parte así es. Antes que llegara nadie, acomodé el rallador que yacía al lado izquierdo de la mesa, lo giré para que no se encapace ni una gota de calor, el termómetro de la farmacia del pueblo marcaba -2 º C.

De pronto, sin poder siquiera adelantarme, comenzaron a entrar hermanas de todas las edades, hasta 37, contadas una a una.

– ¡Hola, hola! Dije, mientras no sé porque, me ponía cada vez más nerviosa, era la primera entrevista de trabajo donde participaban tantas interlocutoras.

-Adel, bienvenida a nuestra casa, a la casa de Jesús.

-Gracias, pero me gana la curiosidad, contadme para qué he venido aquí. ¿Por qué yo?

-Ahora mismo, siéntate que te contamos.

Del mando en mano de la Madre, salió un rayo láser verde que conectó enseguida el proyector. Un plano se abrió ante mí, se veía claro que era un monasterio. Mientras me preguntaba qué tenía que ver eso con ser actriz.

-Mira Adel, sin rodeos que es mejor. Tenemos que afrontar unas obras caras en nuestra casa. La zona antigua de la construcción es húmeda y fría. No es apta para que la comunidad pase ahí demasiado tiempo. Es justo allí donde tenemos las oficinas de trabajo, nos dedicamos a la repostería y a un taller de costura. Ambas cosas, solo nos dan para el día a día, por eso hasta hoy no hemos podido sanear la zona. Por otro lado, necesitamos darnos a conocer, creemos que cada vez menos chicas entran a los monasterios porque no saben cómo y porqué se vive aquí.

-Sor Camila , estoy ahora más perdida que nunca. ¿Qué tengo que ver yo con dulces, remiendos y construcciones? Soy actriz, no veo la conexión.

-Verás, los tiempos han cambiado mucho, también los trabajos. Nosotras tenemos que renovar nuestra forma de ganarnos la comida (Acentuó en perfecto castellano). Una de nuestras hermanas, Sor Martina, es profesora. Queremos lanzar una producto audiovisual con historias bíblicas contadas para niños, hecho en casa completamente.  De su venta y distribución, según nuestros cálculos podemos vivir y tener trabajo durante varias décadas. Nosotras no salimos del monasterio, salvo para lo necesario, así que tendremos convertir esto en un estudio. En este punto entras tú. Junto a Sor Martina, escribiréis los guiones. No menos importante, tendremos que llegar a un acuerdo económico para pagar tu trabajo.

Fue un flash, un mili segundo en el que se apelotonaron mil pensamientos en mi cabeza. Era ese yo que te oprime y te hace pequeña, el mismo yo interior que ahoga la mayoría de los sueños juveniles.

  • No sabré hacerlo
  • No conozco nada de Biblia y poco de niños.
  • Tendré que compaginarlo con mis estudios, mis propios proyectos, me faltará tiempo.

Pero soy joven, y cuando se es joven podemos con todo. Dije si, y todas sonrieron. Me sorprendió el aplauso, no era capaz de comprender de primera, todo lo que significaría aquel “sí”.

La Madre insistió en que se presentasen todas y cada una. Así que no me quedé con los nombres pero al menos no eran desconocidas.

Pregunté: ¿Madre, y los actores donde están, quiénes participarán?

Los tienes delante, mientras me señalaba el grupo de hermanas repartidas en tres hileras detrás de las rejas.

Me regalaron una almendras garrapiñadas “buenisísimas” y cogí el portafolio que llevaba con mi CV por si me lo pedían.

Antes de salir, se acercó Sor Martina:

-Hemos conseguido mil euros para echar a andar. La primera historia que contaremos será la Creación del Universo. Leete Génesis 1 y 2 porfa y así te enteras.

Sonreí por dentro, en hacer solo una historia se gastaría eso y más. Yo no tenía Biblia para leer lo que me decía, pero no quise estropear ese momento optimista, ni su sonrisa chispeante. Torné la puerta y antes de que cerrara dije otra vez adiós.

Zanta*: mi capital de provincia.

Zanta, es una ciudad medieval, con sus muros vetustos y negocios abiertos de siglos. En medio de la Plaza de San Elías, vive una ancianita que regenta una antigua librería. Si de libros viejos se trata, ella tendría una vieja Biblia, seguro. La librería es peculiar, de madera con barrotes y balcones que llevan a otros niveles de libros. Cuando alguna vez iba a por los utensilios del colegio, me gustaba perderme en los pasillos y escaleras soltándome de la mano de mi madre a la primera de cambio. La ancianita, que por cierto tenía una edad desconocida entre 70 y 200 años, subía con su bastón me llamaba por mi nombre y a cambio de unos suculentos caramelos me dejaba ver de nuevo al final de alguna estantería para acceder a comportarme bien luego.

-Necesito una Biblia, de esas viejas que aún circulan.

-De esas no tengo, tengo estas… Señaló la anciana.

Se estiro todo lo que pudo hasta el lugar central y más alto en la estantería. Alcanzó un libro marrón, con el borde dorado.

-¡Cuánta parafernalia y brillos para un libro! Pensé.

Cándida, que así se llamaba la peculiar anciana, entró a un lavabo, antes de abrirla, se lavó las manos y frotó fuerte sus arrugadas contra una toallita azul con su nombre.

-Anda que curioso. ¿Por qué lo haces? Mientras me exprimía el cerebro pensando que, si cada vez que le pidieran un libro, tuviera que hacer lo mismo, se le desgastarían las manos.

– Manías hija, – replicó- mi padre me hacía lavarme las manos cada vez que tocábamos este libro. Es un libro muy especial, ya te darás cuenta… tiene historia

-Bueno al lío, Cándida ¿Cuánto vale esta reliquia?

-10€ y una promesa. Lee bien y entiende lo que dice. Vuelve luego y dime qué piensas.

-Vale. Dije sin pensarlo, porque no tenía ni la más mínima intención de leerla entera y volver a por los comentarios o el debate final.

*******

El silencio del monasterio se rompió al sonido del timbre en la portería.

-Ave María Purísima.

Se oyó desde dentro. Fuera aguardaba una joven de aspecto raro. “Raro” suele ser un adjetivo muy subjetivo. El caso es que Aramís, era precisamente lo que los prejuicios suelen definir como “rara”. Casi dos metros, llena de tatuajes de flores y frases, un pendiente en la ceja más unas dilataciones en las orejas de al menos 10mm. No pasaba desapercibida. Insólito para mi lógica. Aramís se metía a monja. -No durará dos telediarios (juzgué). Viendo que las monjas tenían lío, me dí la vuelta allí mismo antes que me mandaran a entrar. No me apetecía tardar mucho, solo venía a decirles que ya tenía la Biblia y que me pondría al reto. Dejé un papel con la noticia en el torno y me fui sin más…

*****

Llegué a mi casa y me senté en el sillón de la terraza. Todos habían ido a la piscina municipal y yo estaba la mar de a gusto con tanta tranquilidad. Abrí aquel libro marrón por primera vez y antes de que pudiera leer una palabra, saltó en el reverso de la primera hoja una inscripción a mano con tinta azul : “Me ayudarás mejor desde allí”. Por el tono poético pensé que se trababa de la típica despedida de una esposa o esposo. Algo así trágico como la muerte.

La curiosidad me pudo y seguí hojeando sin rumbo fijo. Quería encontrar alguna pista del significado de aquella frase. Al suelo cayeron varias fotos. La primera que alcancé a ver, era dos jovencitos, chica y chico encima de un manzano, detrás se veía una casa de campo, un coche viejo y un perrito que parecía un galgo. ¿Hermanos, novios, ni idea? Detrás otra vez la misma caligrafía: “Antes de partir te dejo mi cruz, pues mi corazón pertenece a Él”.

-¡Huy, la historia se pone interesante! Mis neuronas interactuaron como solo lo hacen ante un reto. Quería saber más, aunque lo mejor, era devolver aquellas fotos a Cándida. Podían ser de su familia. Algo estaba claro, nadie había muerto. Aquí al parecer alguien había dejado a alguien por algo o alguien. Me valga el trabalenguas para ejemplificar la mezcla de curiosidad y confusión que rondaban mi cabeza.

*****

Para mi segunda visita al monasterio, Aramis sonreía desde el otro lado de la reja. No me pegaba en lo absoluto con todas las demás. Pero Aramis, había cambiado su chaqueta de cuero con flecos y sus botas rockeras, por un vestido café oscuro.

Te presento a la que nos ayudará con los efectos especiales. Aramís que viene desde México.

Aramis sonrió desde su sitio, una timidez graciosa asomó en sus mejillas. Cada vez que se referían a ella y todas la mirábamos, se sonrojaba a pesar de su aspecto grandullón. Aramís batió las manos para saludarme y la Madre continuó diciendo:

-Cuéntame que te trae por aquí. Has podido leer algo.

-Si y tanto. Para el primer capítulo de nuestra serie para niños ya estoy preparada.

– Pues mañana sin falta quedamos para definir el guión y las puesta en escena (Dijo Sor Martina mientras se acercaba a la reja y metía una gran bolsa de almendras garrapiñadas dentro).

– Mañana nos vemos

– Hasta luego a todas, bienvenida Aramís.

Eran las siete cuando el coche de Adel, entraba en la Plaza de San Elías, lleva en sus manos una fotos, se dirige sin distracciones hacia la tienda de Cándida… (Continuará)

Llegué a la puerta de la librería de Candida, estaba cerrada, fuera hacía un frío que pelaba, miré por el cristal por si no estuviera dentro, conseguí ver la pequeña luz de su lamparita de mesa encendida y sus gafas apoyadas en ella.

-¿Candida? ¡Hola!.

Pero nadie me respondió…

-¡Soy yo Adel!.

El silencio se hizo con todo el lugar y decidí adentrarme para que me escuchase mejor.

-¡Ay hija eres tu! ¡Cada día estoy más sorda leñe!.

-No te preocupes. Te cuento, en la Bíblia que me diste el otro día encontré estas fotografías, he pensado que quizás sean tuyas o sepas de quienes son. -Respondí.

-A ver, a ver. -Contestó Candida mientras se ponía las gafas que tenía sobre la mesa.

Cogió la primera foto, y me miró volviendo a la fotografía de nuevo.

-¡Pero no puede ser!. -Exclamo pasando el dedo pulgar suavemente sobre el retrato.

-¿Son tuyas verdad?. -Pregunté.

-¡Ay hija es mi hermano!. -Dijo llevándose la instantánea al pecho.

-¡Pues me alegro que las recuperes Candi!.

La verdad es que en este pueblo nos conocemos todos de toda la vida, y nunca supe de la existencia del “hermano de la librera”. Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas volviendo a ver una y otra vez la imágen.

-Tengo esta otra ¡Mira!.

-¡Ay Dios mío!. -Clamo agarrando fuerte mi mano y con la otra sacando de su pecho una cruz de plata. Me miró y susurró: “Antes de partir te dejo mi cruz…

-Jo, ahora me siento mal.

-¡Qué va niña! ¡Esto es alegría para mí aunque me veas así! ¡La vida que pasa y pesa!.

Me despedí de ella y me marche para mi casa, tenía que sacar a mi perrito y pensar en como empezar el proyecto con las monjas ¡Qué no era poco!.

 

*******

Al llegar a mi casa encontré a mi madre apresurada cogiendo cosas de aquí y de allí.

-Hola mi amor, no me puedo entretener voy a ver a la abuela y llego tarde. -Me dijo mientras metía ropa en una bolsa de plástico. -Quiero pasarme por donde las monjas antes, para dejar estos vestidos de la abu para el cosetodo.

-Yo tengo que ir mañana, puedo acercarlo y vas más tranquila. -Dije.

-¡Te lo agradezco un montón! Me voy corriendo ¡Tienes cena en el frigo!.

-¡Oye mamá una cosa!.

-Dime rápido Adel…

-¿Quién es el hermano de Candida la librera?. -Pregunté llena de ganas por saber más de esa historia.

-¡Uy pobre! ¡En otro momento te cuento hija, que tiene para largo!.

-Respondió dejándome con más intriga de la que tenía y cerrando la puerta.

Al rato sonó mi teléfono, me pilló en la calle sacando a Panchete dando una vuelta por el parque, era Sor Camila muy acelerada.

-¡Adel soy Sor Camila! Hemos estado hablando las hermanas y mira a ver que te parece lo que hemos pensado sobre esto que estamos hablando de nuestro proyecto que si te parece bien que entre todas hagamos un…………..

En ese preciso momento me dí cuenta de la emoción que resultaba para ellas todo esto nuevo, de la responsabilidad que tenía con todas pero sobretodo que no iba a resultar naaaaaada fácil.

*****

Al día siguiente allí estaba yo otra vez, dentro de un Monasterio con una bolsa de Mercadona llena de vestidos de mi abuela para coser. Todas me saludaron efusivamente, parecía que nos conociésemos de toda la vida, y fuímos a un pequeño salón de actos ¡Sala de recreo lo llamarón!. Había una estufita encendida y allí estaban todas las monjas perfectamente sentadas con libreta y lápiz en mano.

-¡Hola a todas de nuevo!.

Enseguida empecé a ver manos levantadas pidiendo turno.

-¿Sí hermana..?. -Pregunté mientras miraba a una de ellas, de la cual no recordaba su nombre.

-Hola Adel, hemos pensado todas que podríamos escribir cada una como nos imaginamos el escenario. -Dijo mientras el resto de manos se movían con ganas de tener su tiempo para hablar.

-Eso está muy bien pero…Dígame hermana Petra. -Respondí dando el turno a otra.

-¡Sí sí eso! Y también como va a ser el vestuario ¡Como nosotras cosemos!.

-Replicó Sor Petra mientras se oían los murmullos de las demás asintiendo.

-Me parece bien…¡Su turno hermana Celina!.

-Yo creo que deberíamos pensar que personaje va a representar cada una y que…

-¡Vale vale un momento!. Dije mientras intentaba asimilar cada propuesta que me realizaban con todo su amor. -Vamos a dejar un momento las libretas y los lápices a un lado por favor, y nos vamos a poner de pie en círculo. Creo que estamos haciendo la casa por el tejado, quiero decir, el escenario, vestuario y quien será cada personaje es muy importante, pero en este preciso momento tenemos que conseguir trabajar con el corazón y menos con la cabeza. Imagino que es como amar al Señor, lo amáis desde el corazón ¿Verdad?.

Todas asintieron con la cabeza y una de ellas dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu Corazón, con toda tu alma y todas tus fuerzas” Deteuronomio 6:5

¡Pues en esto ocurre lo mismo!. -Exclamé. -Debemos amar el proyecto primero para que todo salga del corazón, así que seguidme… -Respondí mientras me puse a dar saltitos y emitir ruidos guturales con el fin de que se relajasen y tomarán contacto con lo que nos había traído aquí. Todas se miraron extrañadas y me sigieron en el ejercicio.

La Madre Abadesa se acercó sigilosamente y me preguntó:

-Adel solo una cosita….¿Porqué estamos dando saltitos y haciendo ruidos?.

-Madre….necesitamos romper para crear desde cero. -Respondí mientras la Madre me hacía el gesto de ok con la mano, sonriendo y dando saltitos por la sala con el resto de hermanas.

(Continuará)

Era lunes por la mañana, había quedado con las hermanas a las 12:00h para tener una reunión y seguir trabajando sobre nuestro proyecto teatral. La noche anterior estuve pensando en varias obras que podríamos representar, y cargaba conmigo algunos libros para que leyeran las monjas. Llegué a la puerta del Monasterio y me resulto extraño no ver a nadie en la entrada, abrí la puerta y pasé. ¡Qué silencio! ¡Qué tranquilidad podía sentir por primera vez allí!. Solo se oían el canto de los pájaros, pero si escuchabas con atención, a lo lejos, podías percibir un canto que como la fuerza de un imán me condujo hasta la puerta de la iglesia. La puerta estaba entornada, asomé mi cabeza por ella y aquel lejano canto se tornó en tan dulce melodía que me dejo por unos minutos totalmente embelesada. ¡Qué maravilla! ¡Nunca había escuchado a las hermanas entonar de tal manera!. Ahí estaba yo, una chica joven que escucha rock totalmente ensimismada escuchando cantar a unas mojas. ¿Me explicas?. Esperé a que acabasén y podía ver por sus sombras que se marchaban, sí, finalmente no me pude contener y me senté sigilosamente en el banco más cercano a la puerta para deleitarme con aquellas voces.

********************

Apareció Celina abriendo unas rejas que comunicaban con la parte donde yo estaba, me miró pero no me dijo nada, pocos segundos más tarde se acercó y susurrando me dijo: -Cuándo acabes te esperamos dentro donde el otro día ¿Vale?.

Y yo me quedé como: ¿acabar qué?. No entendía que quería decirme con aquello, me miró, sonrió y me pasó la mano por la espalda como gesto cariñoso. Me levanté y salí de la iglesia con aquella musiquilla metida en mi cabeza, antes de cruzar el portón me giré y emití un suve “mi sostenido”, pudiendo casi ver como la nota volaba por el Santuario de forma envolvente.

-¡Lo siento! ¡Lo siento mucho Madre!. Entendí que habíamos quedado a las 12:00h. -Me excusé por mi error.

-No te preocupes Adel, ¡Qué todos nuestros problemas hoy sean ese!. -Contestó la Madre Abadesa sonriendo.

-Por cierto, que canto más bonito, ¡No les había escuchado antes!. -Dije.

-A las doce de cada día cantamos el Ángelus, en mi caso desde hace más de cincuenta años. -Respondió.

-¿Saben? ¡Creo que tengo una idea!. -Exclamé.

-Nos vas a tener que perdonar Adel, como habíamos quedado a las once, nosotras ya tenemos el resto del día ocupado…Si te parece bien, podríamos quedar mañana por la tarde. -Dijo la Madre.

-¡Claro que sí! ¡Y de verdad les pido dusculpas por este error a todas!. -Finalicé.

********************

Salí pero no me pude resistir pasarme de nuevo por la iglesia, una idea me rondaba la cabeza y quería ver la posibilidad de darle forma. Una vez dentro me senté en uno de los bancos y miraba el techo y alrededor. La música seguía dentro de mi cabeza con aquella melodía tan agradable. ¡Tengo que sacar el máximo partido a estas voces maravillosas!.

Mis ojos de manera inconsciente se fijaron en una cajita dorada que había en el Altar, brillaba tanto que me quedaba absorta mientras daba vueltas a mi idea.

De otro lado apareció nuevamente Celina acompañada de la chica joven que ví en los primeros días en los que me acrequé al Monasterio, llevaban escobas y se pusieron a limpiar en un profundo silencio haciendo como si no me vieran. Yo salí para no molestar. Momento después salió Celina preguntándome -¿Te vas hija?. -Sí hermana, voy a estudiar que ya están aquí los exámenes. -Contesté. -Muy bien Adel, mañana nos vemos. -Dijo. -Una cosa hermana Celina, y disculpe mi ignorancia pero…¿Qué es la cajita dorada que hay en el Altar?. -Pregunté con toda mi vergüenza y respetos. Ella me miró y con la sonrisa más sincera del mundo me respondió: en esa cajita dorada vive Jesús.

No entendía mucho lo que me quiso decir ¿Pero sabéis qué?. Me sentí tan acompañada mientras observaba aquella estructura dorada ¡Qué pienso volver!.     [Continuará]

Estaba preparando lo que sería, una clase de interpretación para las hermanas, en mi habitación sentada con la mesa y cama llena de papeles, apuntes y libros. Fuera hacía un día muy lluvioso, Pancho estaba a mi lado, cerca de mis pies calzados con unas zapatillas de andar por casa. Estaba sola con él, mi familia estaba fuera celebrando la boda de los hijos de unos amigos. Las condiciones eran perfectas para mi concentración, y este fue un día productivo en todos los sentidos hasta que llamó al timbre mi amiga Valeria.
Valeria es una chica con mucha energía, demasiada diría yo, entró a casa con un paraguas en la mano del que caían gotas de agua y gritando: ¡Adeeeele!. Dejó un bolso que llevaba en el suelo, me dio dos besos y se arrodilló a saludar a Pancho. Comenzó a contarme mil y una anécdotas de la universidad, del gimnasio y su familia, sin dejarme más que asentir con la cabeza o subir una ceja de vez en cuando. -¿Y tú qué me cuentas?. -Preguntó una vez agotada su batería. -Poca cosa la verdad, con cosas de la universidad y preparando una clase de interpretación para las monjas clarisas, ya te comenté, que estamos intentando montar una obra de teatro, para que puedan hacer frente económicamente a unos arreglos importantes que tienen pendiente en el monasterio. -Respondí. -¡Pues si qué estás liada!, necesitas un respiro ¡Cámbiate de ropa, nos vamos!. -Dijo ella. -¿Pero dónde?. Si está lloviendo… -Me excusé yo, con muy pocas ganas de salir con el día como estaba.

Finalmente ganó ella, y nos fuimos hasta la cafetería del pueblo “La Salamandra”, donde los más jóvenes y no tan jóvenes pasamos alguna tarde entre comida, bebida, conversación, música y todos nos conocemos. Nos sentamos en una mesa y Valeria se adelantó pidiendo una cerveza para cada una, parece que tocaba tarde de fútbol y la cháchara se hacía complicada, así que decidimos salir de allí al rato. Una vez fuera, detrás de nosotras apareció Alex, es el hijo de Hilario el de los cementos, de familia acaudalada gracias al “boom” inmobiliario en los noventa, un chico que cursaba último en medicina, alto, educado y apuesto. -¿Valeria, dónde vais?. -Preguntó. -¡Hey Alex!, pues a otro sitio, aquí es imposible hablar. -Respondió Valeria mientras se agarraba a mi brazo. -Os acompaño. -Finalizó él. Estuvimos los tres en un local de copas, hablando y riendo, yo realmente no conocía mucho a este chico y decidí marcharme a casa, que tenía cosas que hacer.

 

Llegué a casa y volví a la calle pero esta vez con Pancho, la noche se había quedado despejada, y dimos un paseo por el parque que está cerca de la iglesia de la plaza. Solté a mi perro que salió disparado hacia el césped que le encanta, yo mientras contestaba unos mensajes a mi madre por la conocida aplicación móvil. No se si estuve cinco o seis minutos sin prestar atención a Pancho, tiempo suficiente para que lo perdiera de vista. -¡Pancho!. Era la voz que se escuchaba por toda la zona centro del pueblo sin éxito. Mi preocupación iba en aumento, solo daba las mismas vueltas buscando desesperadamente  sin encontrar nada. No quería llamar a mis padres y estropear su celebración, y como Valeria posiblemente estuviera todavía en el local, la llamé sin pensar echa un manojo de nervios. Llegó rápidamente para ayudarme, es lo bueno que tiene los pueblos. Decidimos que ella buscaría por el parque y zonas cercanas, yo haría la vuelta a casa por si se hubiera despistado y hubiese decidido regresar a lo que conoce. En mi retorno comencé a llorar como una tonta, me temblaban las manos solo de pensar que lo había perdido, y aceleré el paso con mi llanto hasta llegar a la puerta de la iglesia, que casualmente estaba abierta en la Vigilia mensual de la Adoración Nocturna. En la entrada se estaba haciendo un cambio de turno, y al verme tan angustiada una de las vecinas, me paró en seco. -¿¡Pero qué te pasa hija?!. -Preguntó abriendo mucho los ojos. Entre lágrimas y el aire que me faltaba pude responder con la voz entrecortada lo que me ocurría. -No te preocupes, no te preocupes, espérate aquí. -Repetía, negando con movimientos de su cabeza y entrando a la parroquia. ¿Pero como me iba a quedar ahí sin más? No tenía tiempo que perder, pero unos segundos más tarde, apareció mi librera favorita con una sonrisa enorme, quien llevaba en sus brazos a mi perrito al que solo le faltaba preguntarme: ¿Pero chica, dónde te has metido qué me he perdido?. Les abracé muy muy fuerte a los dos, les llené de besos y escribí a Valeria para cancelar la misión de búsqueda. -Muchas gracias Cándida. -Dije emocionada. -A mí no me las tienes que dar. -Respondió ella dirigiendo la mirada al interior de la iglesia. Me metí con mucha discreción para no molestar a nadie, de pie mirando a Dios en la cruz y en mi interior solo podía repetir: gracias, gracias y gracias Señor. La tensión y cansancio me pudieron, y tuve que arrodillarme agarrándome a un banco, volviendo la mirada al altar, pero esta vez al Sagrario que brillaba de manera especial, teniendo la sensación de haber mantenido mi primera conversación sin palabras con Él, así sin haberlo buscado, solo dando las gracias a su lado.

[Continuará…]