No es del todo claro el origen de este dulce tan típico en España, se habla de Euskadi y Navarra como lugares donde surgieron. Depende de donde consultes. Las almendras como tal, llegaron a la Península Ibérica en tiempos muy antiguos, posiblemente gracias al comercio de los griegos o fenicios. Su nombre viene de oriente, algunos dicen que es griego y otros que sirio.

También puedes encontrar, que en el antiguo Egipto ya conservaban frutos secos con miel y que sería un poco el origen. En América también se conocen aunque son más frecuente con los cacahuetes en lugar de almendras.

Existe una historia que dice que en Briviesca, provincia de Burgos, en Castilla y León, España, las llevó al pueblo un feriante que traía un tarro de almendras garrapiñadas, y se las ofrecía a la gente para que se acercarán a jugar. Aquel extranjero se instaló en Briviesca y junto a un pastelero del municipio empezaron a elaborarlas.

Las auténticas garrapiñadas son muy difíciles de encontrar en el super, y si ves alguna… ¡Cuidado!. Una forma fácil de diferenciar las auténticas almendras garrapiñadas de nuestro monasterio o de cualquier otro, con esas “otras almendras”, es que estas últimas tiene un aspecto mate y, por supuesto por su olor y textura que nada tienen que ver con las artesanales, que parten de una almendra base buena de nuestra huerta, pasando por todo el proceso de calidad. Una almendra garrapiñada natural, artesanal y monástica como la nuestra no debe llevar conservantes, pasa por un cerrado al vacío especial que mantiene al dulce con ese color brillante y ese aroma inconfundible, que solo con tenerla en la mano ya sabes que cuentas con un buen producto.

Normalmente su consumo se disparaba en navidades, ahora con la nueva cocina gourmet muchos son los chefs que se atreven a incorporarlas en sus platos. ¿Las has probado con helado? ¿En yogurt? ¡Riquísimas!.