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Ese día me levanté invadida por el espíritu de la Navidad, abrí la contraventana de mi celda y allí estaba la nieve anunciando el Adviento en época de pandemia, algo que no podríamos imaginar de ninguna de las maneras. Yo estaba convencida en poner un poco de alegría a este año tan feo que estabamos a punto de terminar. ¡Me imaginaba el Monasterio con un nacimiento bien grande! Pero no grande y ya…me refiero a un nacimiento con todo tipo de detalles, para ello habría que ponerse a trabajar rápido para llegar a tiempo. ¡Con poliespan y segueta! ¡Pinturas y la ayuda de mis hermanas lo conseguiremos!.

Durante el tiempo de recreación en ese día propuse a la comunidad mi idea, yo estaba totalmente entusiasmada explicando como me gustaría que fuese todo. Notaba como a algunas de ellas se les dibujaba una sonrisa animándome a seguir contando más.

-No creo que sea el momento para esto. -Se escuchó de fondo.

Esa frase fue para mi como la cuerda de un violín rompiéndose mientras está sonando una música preciosa.

-¿Porqué no?. -Pregunté extrañada.

Entonces la Madre Abadesa se unió agregando: con todo lo que está pasando, no tenemos tiempo para esto.

Ahí no solo se rompió la cuerda del violín sino que se partío entero…Adiós a mi belén 2020.

Ya por la noche en la intimidad de mi celda, sentada junto a la ventana viendo toda esa nieve acomodada sobre los árboles y leyendo, pensaba en lo ocurrido hace un rato. ¿Pero no se dan cuenta qué este año habría que hacer algo especial? ¡Con todo lo sufrido en el mudo! ¡Deberíamos preparar todo a lo gande para recibir al niño Dios!.

Y después de algunas páginas del libro donde aparecía la gruta de Belén, con una historia muy interesante por cierto, me metí en mi cama a dormir.

A la mañana siguiente tenía una extraña sensación, no me gusta tener diferencias con mis hermanas aunque como en la vida a veces es inevitable. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas para convencer a la Madre, que cambiase su decisión.

En la oración puse mi extraña sensación en manos de Dios, no quiero sentirme así por lo que pudiera ser solo un capricho mio. Al terminar me puse con mis tareas asignadas para ese día, ¡Hoy tocaba huerto con nieve y todo!.

Precisamente mi compañera de zanahorias y coles ese día, era la hermana que chafó la cuerda de mi violín. Yo seguía algo con la sensación a la que finalmente le puse el nombre de enfado y frustración. Al rato, mi hermana decidió ir por la máquina de flejado para las plantas que nos habíamos dejado dentro. De pronto se escucharon unos ruidos que venían de los matorrales, podía ser desde un inocente ratoncillo de campo hasta una culebra a las que temo más que a nada. Me acerque rastrillo en mano y con el palo aparte algunas hojas, tuve que agacharme y entrar para poder ver aquello ¡No lo podía creer!. ¡Allí, en medio de unos hojarascos! ¡Con este frío! ¡Y con tan solo el calor y amor de su madre! ¡Estaban naciendo unos gatitos minúsculos!. ¡Y ahí desaparecieron mi frustración y enfado!. ¿Cómo no me había dado cuenta? A igual que en la gruta de Belén…Ser niño, para el niño… Apareció mi hermana y con gran alegría le di un abrazo.

-Perdona por no enterdete ayer, hoy lo he comprendido.

Y enseñándole a aquella mamá dando a luz en un frío mes de diciembre, dije: he aquí un niño.