No hace falta una catedral para que Dios obre maravillas. A veces, basta con una pequeña iglesia en ruinas, un corazón pobre y la fe de un joven que solo quería amar a Dios sin medida.
Así comenzó todo.
La Porciúncula, o capilla de Santa María de los Ángeles, era una iglesita olvidada en las afueras de Asís, rodeada de bosque y soledad. Allí San Francisco encontró un lugar de paz, oración y obediencia; allí recibió a Clara, y allí también pidió morir sobre la tierra desnuda.
Pero quizás lo más extraordinario sucedió cuando Francisco, movido por un amor sin límites, le pidió al Papa Honorio III un regalo para el mundo: que todo aquel que visitara la Porciúncula con fe y arrepentimiento, recibiera el perdón completo de sus pecados, sin necesidad de pagar indulgencia alguna.
El Papa, conmovido, concedió esta gracia única, conocida como el “Perdón de Asís”.
Desde entonces, cada 2 de agosto, se celebra esta fiesta que une el cielo y la tierra en una misma súplica: misericordia.
“Quiero enviaros a todos al paraíso.”
—San Francisco, al anunciar la gracia del perdón de la Porciúncula.
Hoy, desde nuestro pequeño monasterio, nos unimos en silencio a todos los peregrinos que caminan hacia María buscando perdón. No tenemos sandalias polvorientas ni caminos de tierra… pero nuestros pasos van por dentro.
La Porciúncula no está lejos:
vive en cada alma que se deja amar, sanar y abrazar por Dios.
Y sí, Francisco sigue enviando almas al paraíso.
No con promesas mágicas, sino con la certeza de que el Amor verdadero perdona, restaura y levanta.



