En ese conjunto de tradiciones monásticas que animan y dan sentido a nuestra rutina, está el Oficio Divino. Y dentro de su organigrama, los Laudes, es una hora mayor entre otras que lo constituyen. Del Oficio, os quiero hablar de los Laudes. Oficio Divino, como su nombre indica, hace alusión en parte, a la adoración sempiterna de los ángeles del cielo a la Ssma. Trinidad , también a la que la Creación en pleno, brindan al origen de todo: Dios . El oficio de los ángeles enmarca entre otras ocupaciones, la de entornar, cantar las glorias del Dios hacedor de todo lo que existe. Así que en parte, cuando nos dirigimos al coro cada mañana, hacemos nuestro, ese oficio celestial de dar gloria, alabanza y honor al Rey de reyes, o sea, el oficio de los ángeles.

“El oficio divino (Liturgia de las Horas) es el conjunto de oraciones (salmos, antífonas, himnos, oraciones, lecturas bíblicas y otras) que la Iglesia ha organizado para ser rezadas en determinadas horas de cada día. El oficio divino es parte de la liturgia y, como tal, constituye, con la Santa Misa, la plegaria pública y oficial de la Iglesia. Su fin es consagrar las horas al Señor, extendiendo la comunión con Cristo efectuada en el Sacrificio de la Misa. Quien reza el oficio hace un paro en las labores para rezar con la Iglesia aunque se encuentre físicamente solo. Aunque sin duda es necesaria la oración privada, también es necesario que recemos formalmente unidos como Iglesia”. (corazones.org)

En nuestra vida la oración es el hilo de unión con Dios que teje la jornada. Es como el salvavidas, la carga de energía que necesitamos para hacer, y hacer con un sentido, cada cosa. Cuando estás ocupada con las malas hierbas, las almendras, el cosetodo, por un breve espacio de tiempo dejas tu ocupación dando la primacía a Dios y vuelves a lo esencial, y ese Cristo vivo en nuestra vida, que camina y avanza a nuestro lado, nos regala su visión de las cosas, del mundo y sus problemáticas. Cuando vuelves al trabajo, parece que todo tiene color, el color de Dios que a través de la oración pinta, dibuja y colorea dejando cada cosa y pensamiento en su justo sitio.

Por las mañanas, después de calzarse y prepararnos como cualquier persona que sale de la comodidad de su casa al mundo exterior (aseo, etc.), vamos directas al coro, que es el sitio separado en el monasterio para tener ese encuentro con la Deidad y con la Iglesia, que se concreta en el Oficio Divino.

Vamos a cantar alabanzas porque es necesario alabar y agradecer, es necesario la plegaria, que nos conforma como parte de algo más grande que nosotras, más grande que un monasterio o una orden monástica: somos el cuerpo de Cristo en la Iglesia. Rezar los salmos y las plegarias en Laudes, nos despierta al día con Dios como centro y motor de todo lo que hacemos, oxigena nuestra monotonía y nos mantiene conectadas sin necesidad de wifi o antena.

En la tradición monástica, los Laudes casi siempre se celebran al despuntar el alba, cuando los primeros rayos del sol se entremezclan en la amalgama de colores de los vitrales de la Iglesia. Es entonces cuando todo el mundo, todos los hombres y mujeres se nos presentan como hermanos y… acogemos sus jornadas como nuestra, compartimos su dolor, somos parte de su mundo en Dios que es nuestro centro.

No es algo exclusivo de las monjas o monjes, es la oración de la Iglesia y por tanto de y para todos los católicos. Si no lo has hecho, pruébalo. Prepara un día las oraciones, y ya que eres un hombre de fe, al alba, aparta un tiempo para encontrarte en el silencio de entre tantas personas que duermen, con Jesús. Hazlo con sentido de comunidad eclesial, siempre en salida, siempre dispuesta al encuentro, a ser y encontrar respuesta en el único que puede. Luego, podrías contarnos tu experiencia. ¡Felices Laudes!