Mientras trillo, el rosario y el cordón se enredan a veces en las piedras de la fuente donde está San José. Cuando limpio el altar, el rosario y el cordón, se vuelven a enredar en la columna de la Virgen. Si me levanto de prisa y da la casualidad que me he sentado en el coro en uno de los sitiales de la esquina, me enredo con el rosario y el cordón, casi de súbito me obliga a sentarse de nuevo.

Un día le pregunté a la maestra de novicias, (¡no hará años de eso!) porqué mientras trabajábamos no nos desprendíamos de estos complementos del hábito que tanto molestaban. Esa semana la maestra quiso regalarme una bonita moraleja.

Me dijo: ¡Anda sor B. intenta sacar partido de los enredos de tu cordón y del rosario!

Solté una carcajada que contagió a la Maestra. Me fui corriendo, sonaba el teléfono de la portería.

Me seguí enredando al trabajar día tras días. Muchas veces por las noches tenía que dedicar tiempo a fortalecer los eslabones del rosario que se habían roto. Incluso, lo vi durante unas semanas, más como engorro, que como devoción o entretenimiento.

Me repetía: -Sacarle partido, pues no sé cómo sacarle partido a siempre estar atada allí donde pasas.

Los albaricoques se amontonaban listos para recogerlos. Una hermana me dice que la sustituya en la capilla (venía un grupo de jóvenes y debía quedar todo a punto). Allí que fui a toda prisa. Me empoderé del tiempo y quedó todo listo. Al salir, ya casi olvidada de los tirones de los que me quejaba… Pum!!! una vez más. Habíamos puesto una imagen del Sagrado Corazón en el presbiterio sobre una columna blanca que imitaba una parra y sus frutos en dorado. Me quedé enganchada esta vez con el rosario. Del tirón y la inercia (no fue mucho) pero la figura del Sagrado Corazón se movió, vibró en un vaivén hacia mí, hacia atrás.

Caí en la cuenta. El rosario y mi cordón con su gran significado en la Vida consagrada y concretamente en la familia franciscana, me mantenía unida día a día, tropezón tras tropezón al Corazón de Jesús, a la Virgen, a la oración, a mis hermanas, a mis promesas delante del Señor…

Aquel día, la perspectiva sufrió en dramático cambio. A través de aquellos símbolos sobre el hábito, Jesús y María me mantenían firme en mi decisión de servicio, lista para escuchar y amar al Señor. Desde entonces, he comprobado que no soy la única que se enreda a menudo con su cordón franciscano, con su rosario… a algún rincón o altar de la casa. Pienso y así lo trasmito a las novicias, que pensarán lo mismo que yo. Cada vez que me enredo, seguirá pasado, digo: – Jesús y María, estrecharme y guardarme en vuestro corazón.