Cada año, al comenzar agosto, la familia franciscana vuelve espiritualmente a esa pequeña iglesia amada por San Francisco de Asís. Allí, según la tradición, en 1216 Francisco pidió al Señor una gracia atrevida y hermosa: que cuantos acudieran arrepentidos y confesados a aquel lugar pudieran recibir un perdón abundante. El Papa Honorio III acogió aquella petición, y así nació lo que conocemos como el Perdón de Asís o Indulgencia de la Porciúncula. En 2026 esta celebración adquiere una fuerza especial, porque se vive dentro del VIII Centenario franciscano, año en el que la Iglesia recuerda los ochocientos años del tránsito de San Francisco a la casa del Padre. La Porciúncula celebrará la solemnidad del Perdón de Asís del 29 de julio al 3 de agosto de 2026, presentándola como uno de los momentos espirituales más significativos del Año de San Francisco.
No conviene acercarse a esta fiesta como quien consulta una curiosidad piadosa del calendario. El Perdón de Asís no es un recuerdo entrañable de la Edad Media, ni una ceremonia franciscana para quienes tienen especial cariño a San Francisco, ni una forma bonita de decir que Dios es bueno. Es algo más serio y más delicado: una puerta abierta a la misericordia.
Y las puertas abiertas, cuando uno lleva tiempo encerrado por dentro, no son poca cosa.
Francisco no pidió aquella gracia para adornar su propia santidad. No pidió un privilegio para sí mismo. Pidió perdón para otros. Pidió que nadie se quedara fuera si volvía con corazón humilde.
Esto ya nos dice mucho de él. San Francisco no entendía la santidad como una conquista privada, sino como una vida atravesada por el deseo de salvación de todos. En la tradición recogida por las fuentes franciscanas, Francisco se presenta ante el Señor no como un héroe espiritual seguro de sí, sino como un pobre que se sabe necesitado y, precisamente por eso, se atreve a pedir mucho.
Quizá ahí está una de las enseñanzas más hondas de esta fiesta. El verdadero pobre evangélico no empequeñece el corazón. Lo ensancha. Quien se sabe perdonado deja de mirar a los demás desde arriba. Quien ha conocido la misericordia no puede convertirla en propiedad privada. La recibe como pan, y el pan, si no se parte, termina endureciéndose.
Hablar hoy de indulgencia exige cuidado. Es una palabra grande, con mucha historia, y también con malentendidos que conviene no tratar a martillazos. La indulgencia no significa que el pecado no importe. Mucho menos una fórmula automática, como si la gracia funcionara con botones y certificados.
La Iglesia, al hablar de indulgencia, habla de la misericordia de Dios aplicada a las heridas que el pecado deja en nosotros. Porque el pecado no solo rompe una norma. Desordena el corazón. Crea apegos, miedos y rutinas interiores. El perdón sacramental borra la culpa; pero el alma necesita también ser sanada, reeducada en el amor, devuelta pacientemente a la libertad.
Eso es muy humano. Quien ha herido y ha sido perdonado sabe que todavía necesita aprender a amar de otro modo. Quien ha sido perdonado por Dios sabe que la absolución no es el final de la conversión, sino su principio más luminoso.
Por eso el Perdón de Asís no puede vivirse como un trámite. Las condiciones ordinarias para recibir la indulgencia plenaria —confesión sacramental, participación en la Eucaristía y comunión, visita a la Porciúncula o a una iglesia franciscana o parroquial, recitación del Credo y del Padrenuestro, y oración por las intenciones del Papa— no son obstáculos burocráticos. Son un camino. Nos llevan al sacramento, a la fe de la Iglesia, a la comunión, a la oración filial, a la pertenencia eclesial. Los Franciscanos recuerdan que esta indulgencia puede obtenerse desde el mediodía del 1 de agosto hasta la medianoche del 2 de agosto en iglesias franciscanas y parroquiales, siguiendo esas condiciones habituales.
Dios perdona gratuitamente, sí. Pero la gratuidad no es superficialidad. La gracia es gratuita, no barata. Nos alcanza sin que podamos comprarla, pero cuando nos alcanza de verdad, ¡Algo cambia!
Hay una confusión frecuente: pensar que el perdón cristiano consiste en quitar importancia al mal. Como si perdonar fuera sonreír con educación y decir que no ha pasado nada, cuando ha pasado algo. Eso no es perdón.
Perdonar no es decir: “No importa”.
Perdonar es decir: “El mal no tendrá la última palabra”.
Y esto solo puede sostenerse desde Dios. Porque hay perdones que superan nuestras fuerzas. Hay historias que necesitan tiempo, acompañamiento, verdad, reparación y mucha gracia.
El Perdón de Asís nos sitúa en otro plano. No nos invita a banalizar las heridas, sino a llevarlas a la misericordia de Dios. Nos recuerda que el corazón puede ser liberado del rencor, aunque el camino sea largo. Que perdonar no es debilidad; es dejar que Dios entre en una zona donde nuestra sola fuerza suele fracasar.
La Fiesta del Perdón llega a un mundo que habla mucho de bienestar, pero no siempre sabe qué hacer con la culpa. A veces la esconde. A veces la proyecta sobre otros… Vivimos en una época que archiva los errores con enorme precisión, pero que no siempre sabe ofrecer caminos reales de reconciliación. Recordamos mucho. Perdonamos poco. Exigimos transparencia, y está bien; pero a veces olvidamos que la verdad sin misericordia puede convertirse en intemperie. Y la misericordia sin verdad se vuelve sentimentalismo.
Francisco no eligió ninguno de esos extremos. Su misericordia era concreta, eclesial, exigente y tierna. En el decreto vaticano para el Año de San Francisco se recuerda una frase suya de la Carta a un ministro, donde pide que ningún hermano que haya pecado, por mucho que haya pecado, se marche sin misericordia si la pide.
Esa línea contiene una fuerza enorme. Francisco no niega el pecado. No lo maquilla. Pero no permite que el pecado sea más fuerte que la misericordia.
Este es uno de los grandes mensajes del Perdón de Asís: no somos el peor momento de nuestra vida. Tampoco somos nuestras heridas sin sanar, ni nuestras caídas, ni nuestras incoherencias, ¡Somos personas llamadas a volver! Y volver es una de las palabras más bellas del cristianismo.
El Perdón de Asís no termina en quien lo recibe. La misericordia auténtica siempre quiere circular. Quien ha sido perdonado aprende, poco a poco, a mirar a otros con menos dureza. No porque pierda discernimiento, sino porque gana memoria. Recuerda de dónde ha sido levantado.
El perdón no nos hace ingenuos. ¡Nos hace libres! Libres para no vivir atados a la ofensa. Libres para volver a la confesión sin miedo. Libres para empezar de nuevo, sin exigirnos una pureza de estatua.
En esta fiesta, quizá cada uno podría hacerse una pregunta sencilla: ¿Dónde necesito dejar entrar la misericordia?
No “dónde tengo razón”. Eso solemos tenerlo bastante claro, a veces demasiado… La pregunta es otra. ¿Dónde necesito que Dios me desarme? ¿Dónde necesito pedir perdón? ¿Dónde necesito abrir una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada?
¡Qué Nuestra Señora de los Ángeles nos lleve de la mano hacia esa paz!
¡Y que San Francisco nos enseñe a recibir el perdón sin guardarlo para nosotros!
Porque la misericordia, cuando se recibe de verdad, termina buscando a quién abrazar.
PAZ Y BIEN.




