En 2026 la familia franciscana vivirá algo que, en ocho siglos, no se había dado nunca: durante un mes entero, del 22 de febrero al 22 de marzo, el cuerpo de san Francisco será trasladado desde su tumba en la cripta y expuesto a la vista de todos en la basílica de Asís. No como un espectáculo, sino como un gesto de fe y de memoria que toca el corazón de la Iglesia entera.
Para nosotras, monjas clarisas, no se trata solo de una noticia “grande”; se trata de un lenguaje muy concreto de Dios. El cuerpo de Francisco, tan frágil como el nuestro, fue la tierra donde el Evangelio echó raíces hasta transformar a un joven rico y ambicioso en hermano de los pobres, cantor de la creación y testigo de una paz que no nace de los acuerdos, sino de la conversión del corazón. Ver ese cuerpo es contemplar lo que el amor de Cristo puede hacer cuando alguien se deja tomar en serio.
La ostensión se ha presentado como un don extraordinario y, al mismo tiempo, como una llamada silenciosa. Francisco vivió el Evangelio de la semilla: dejó que su vida se “perdiera” a los ojos del mundo para que naciera algo nuevo. Esa semilla enterrada en la tierra de Asís no ha dejado de dar fruto en forma de vocaciones, de obras de misericordia, de gestos de reconciliación, de cuidado de los últimos y de respeto por la creación. Ocho siglos después, su cuerpo sigue recordando que la verdadera fecundidad pasa por la entrega.
Durante esos días, los peregrinos que lleguen a Asís harán un recorrido sencillo y accesible, pensado para que la veneración no sea una fila apresurada, sino un encuentro sereno. Habrá quienes se acerquen en grupo, acompañados por un fraile que les ayude a leer este acontecimiento a la luz del Evangelio, y quienes prefieran un tiempo de oración silenciosa, cara a cara, dejando que la presencia del santo despierte preguntas, gratitud o lágrimas. Al final, un breve gesto litúrgico coronará ese camino, como diciendo: lo importante no es solo haber visto al Poverello, sino abrirse al mismo Dios que lo configuró con Cristo.
Se ha cuidado también que nadie quede excluido: personas con movilidad o visión reducida tendrán itinerarios adaptados, de modo que la gracia de esta experiencia no dependa de las fuerzas del cuerpo, sino del deseo del corazón. Para muchos, será la primera y quizá la única vez que puedan permanecer unos minutos ante los restos mortales de Francisco; para otros, será una nueva etapa en una historia de amor que empezó hace tiempo. Para todos, puede ser una invitación a dejar de mirar a los santos como estatuas y empezar a verlos como hermanos mayores que nos muestran un camino posible.
Junto a la veneración del cuerpo habrá un pulso litúrgico intenso: misas internacionales, momentos nocturnos de oración, celebraciones pensadas para familias, religiosos y miembros de la gran constelación franciscana. Pero el centro no serán los actos, sino ese cuerpo pequeño y silencioso que, sin pronunciar una palabra, seguirá repitiendo lo esencial: que el Evangelio se escribe en carne y hueso, y que la misericordia de Dios es capaz de rehacer una vida entera si se le deja espacio.
Tal vez tú no puedas viajar hasta Asís. Quizá te lo impidan la salud, el trabajo, la economía o simplemente la distancia. Y, sin embargo, este mes de gracia puede alcanzarte igual. La exposición del cuerpo de san Francisco es también una llamada interior que nos llega hasta el último rincón del mundo: la invitación a preguntarnos qué parte de nuestra vida está llamada a convertirse en “semilla” que se entrega para dar fruto de paz, de fe y de amor.
Desde nuestro monasterio, cuando pensemos en esa fila de peregrinos, nos gustará imaginarte ahí, mezclado entre ellos, llevando en las manos y en el corazón tu propia historia. Y aunque físicamente no estés, nosotras pondremos tu nombre y tu vida, incluso sin conocerlas, delante del mismo Señor que encendió el corazón del Poverello. Que este acontecimiento no se quede solo en una noticia para comentar, sino que abra en ti el deseo de dejar que Dios haga con tu historia lo mismo que hizo con la suya: un lugar donde el Evangelio se vuelve creíble.




