En 2026 se cumplen ochocientos años de la muerte de San Francisco de Asís. Dicho así, suena a efeméride solemne, a calendario bonito, a oportunidad para desempolvar estampas, cantar algo con guitarra —siempre que la guitarra se deje— y repetir que Francisco amaba la naturaleza. Todo eso puede estar bien. Pero sería una pena, y quizá una pequeña traición, quedarnos ahí.
Porque Francisco no fue un señor simpático que hablaba con los pajaritos para decorar agendas parroquiales. Fue un cristiano radicalmente evangélico. Y eso, ocho siglos después, sigue resultando incómodo.
La familia franciscana ha abierto este centenario como culminación de un camino que ha recordado Greccio, la Regla, los estigmas, el Cántico de las criaturas y, finalmente, el tránsito del Poverello, es decir, su paso de este mundo al Padre. La apertura oficial del VIII Centenario del Tránsito fue anunciada para el 10 de enero de 2026 en Asís, después de haber sido proclamada el 3 de octubre de 2025 al finalizar las primeras vísperas del Tránsito de San Francisco. El Vaticano ha confirmado además un Año de San Francisco desde el 10 de enero de 2026 hasta el 10 de enero de 2027, unido a la memoria de su muerte el 3 de octubre de 1226.
No estamos, por tanto, ante un aniversario piadoso más. Estamos ante una pregunta. Y las preguntas de Francisco suelen venir descalzas, sin hacer ruido, pero con una puntería que a veces nos deja sin escapatoria.
Francisco murió la tarde del sábado 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula. Litúrgicamente ya era el domingo 4 de octubre, fecha en la que la Iglesia celebra su memoria. Al amanecer, sus hermanos llevaron el cuerpo hasta San Damián, para que Clara y sus hermanas pudieran venerarlo. Hay en ese gesto una delicadeza enorme. El cuerpo pobre de Francisco, llevado ante las Damas Pobres; el padre espiritual pasando, por última vez, junto a aquella comunidad que había nacido también de su fuego evangélico. No era una despedida sentimental. Era una herencia.
Santa Clara lo entendió con una precisión que no admite adornos. En su Testamento llama a Francisco “verdadero amante e imitador” de Cristo, y recuerda que el Hijo de Dios se hizo para ellas camino por medio de la palabra y el ejemplo del bienaventurado padre Francisco. Para Clara, Francisco no era un personaje inspirador, sino una forma viva de reconocer el Evangelio. Y por eso mismo no podía convertirse en un recuerdo cómodo.
Quizá ahí empieza su incomodidad. Francisco no se deja reducir a icono cultural. La cultura contemporánea lo acepta con gusto cuando aparece como amante de la creación, cantor del hermano sol, figura amable de paz universal. Pero se incomoda cuando aparece entero: pobre, penitente, eclesial, obediente, crucificado con Cristo, enamorado de la Eucaristía, hermano de todos porque antes quiso ser menor ante Dios.
A Francisco le ocurre algo curioso. Todo el mundo parece quererlo, pero no siempre todo el mundo quiere escucharlo.
Nos gusta el Francisco que bendice animales; nos cuesta más el Francisco que desnuda nuestras apropiaciones. Nos enternece el Francisco de los campos de Asís; nos descoloca el Francisco que advierte contra la propia voluntad. Nos conmueve el Francisco pacífico; nos incomoda el Francisco que no confundía la paz con una emoción suave, sino con una vida reconciliada desde la cruz. Nos agrada el Francisco ecológico; nos desafía el Francisco cristocéntrico. Y, por decirlo con un poco de humor conventual, a veces hacemos con él lo que se hace con algunas recetas antiguas: quitamos lo que pica y luego nos quejamos de que ya no sabe a nada.
Francisco sigue incomodando porque fue pobre de verdad. No hizo de la pobreza un eslogan ni una estética. No fue pobre para diferenciarse, ni para parecer más auténtico, ni para ganar autoridad moral en las conversaciones. Eligió la pobreza porque quiso seguir a Cristo pobre. Santa Clara conserva con fuerza esta última voluntad de Francisco para sus hermanas: “Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin”.
Ahí la pobreza deja de ser una categoría social y se vuelve una forma de amor. No se trata de romantizar la precariedad, ni de hacer poesía con la carencia ajena, que sería una falta de respeto bastante poco franciscana. Se trata de algo mucho más hondo: Francisco comprendió que quien quiere poseerlo todo termina siendo poseído por demasiadas cosas. Y que el corazón, cuando se llena de seguridades absolutas, se vuelve torpe para recibir a Dios.
La pobreza franciscana incomoda porque toca una fibra muy actual. Vivimos rodeados de promesas de acumulación: más visibilidad, más control, más rendimiento, más experiencias, más yo. Francisco aparece y no discute demasiado. Simplemente se despoja. Y al hacerlo nos pregunta, sin levantar la voz, si de verdad somos tan libres como decimos.
También incomoda porque fue desarmado. En un mundo donde casi todo se defiende a golpe de estrategia, reputación, fuerza, cálculo o relato, Francisco eligió otra autoridad: la mansedumbre. No era ingenuo. Nadie que haya atravesado conflictos, tensiones internas, enfermedad, incomprensión y desgaste puede ser reducido a ingenuidad. Su paz no nació de no conocer la dureza del mundo, sino de haber descubierto una fuente más profunda que la dureza del mundo.
León XIV, en su carta para la apertura del centenario, recuerda a Francisco como un hombre que fue hacia “nuestra hermana muerte” en la Porciúncula “como un hombre finalmente en paz”, y subraya que su mensaje resuena en una época marcada por guerras interminables, divisiones sociales, desconfianza y miedo. El Papa no presenta a Francisco como un pacifista decorativo, sino como un testigo que apunta a la fuente auténtica de la paz. Y esa fuente, en Francisco, no era la diplomacia de quedar bien con todos, sino Cristo.
Aquí conviene detenerse. Francisco no fue “espiritual” en el sentido blando que tantas veces damos hoy a esa palabra. Fue espiritual porque fue radicalmente de Cristo. Su mirada sobre el mundo nacía de la Encarnación, de la Cruz, de la Eucaristía, del Evangelio vivido sin rebajas. En sus Admoniciones, al hablar del cuerpo del Señor, insiste en que Cristo se humilla diariamente y viene a nosotros en el pan sagrado. No estamos ante una sensibilidad religiosa vaga, sino ante una fe eucarística de enorme densidad.
Por eso Francisco resulta incómodo incluso para algunos discursos que lo admiran. No cabe del todo en la vitrina de los valores universales si se le quita a Jesucristo. Sin Cristo, Francisco se vuelve simpático. Con Cristo, se vuelve decisivo. Sin Cristo, puede ser una marca amable. Con Cristo, nos pide conversión.
Su amor a la creación tampoco se entiende sin esa raíz. El Cántico de las criaturas no nace de una moda ecológica, sino de un corazón reconciliado que reconoce el mundo como don. Francisco llama hermano al sol, hermana al agua, hermano al fuego y hermana a la muerte corporal. Esto último se cita menos, quizá porque la hermana muerte no vende tantas tazas como el hermano sol. Pero está ahí. Y revela que su fraternidad cósmica no era una evasión bonita, sino una manera cristiana de mirar todo lo creado desde Dios, incluso aquello que más miedo nos da.
El centenario de 2026 nos devuelve precisamente a esa escena final: Francisco ante la muerte. No ante la naturaleza, no ante la fama, no ante la leyenda, sino ante el límite. Y ahí se ve la verdad de una vida. La muerte desmaquilla. Quita decorados. Desordena nuestras agendas con una eficacia poco pastoral, pero muy convincente. Francisco la llama hermana no porque la muerte sea buena en sí misma, sino porque ha sido vencida por Cristo. Solo quien cree de verdad que la vida está en manos de Dios puede mirar así el final.
La familia franciscana ha presentado este centenario no como un ocaso, sino como una aurora, como una proclamación de vida y esperanza. Es una intuición preciosa. Francisco muere y, sin embargo, no deja de hablar. Se apaga su cuerpo, agotado por la enfermedad, y crece una luz que atraviesa los siglos. No por la grandeza humana de Francisco, sino porque en él hubo tan poco estorbo que Cristo pudo transparentarse con una claridad poco frecuente.
También incomoda porque fue eclesial. Esta palabra hoy necesita respiración, porque a veces llega cargada de cansancio. Pero en Francisco la eclesialidad no fue sumisión cobarde ni crítica destructiva. Fue amor concreto a la Iglesia real, con sus ministros reales, sus fragilidades reales y sus sacramentos reales. En sus escritos pide honrar a los clérigos por el ministerio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, incluso cuando la vida de algunos no estuviera a la altura. Esto no significa cerrar los ojos ante el pecado. Significa que Francisco no quiso reformar la Iglesia desde fuera del amor.
Y esto es profundamente incómodo para nuestro tiempo, tan dado a convertir toda pertenencia en sospecha y toda crítica en identidad. Francisco reformó porque obedeció al Evangelio. No necesitó colocarse por encima de la Iglesia para recordarle su belleza. Tampoco necesitó negar sus heridas para amarla. La amó pobremente, es decir, sin apropiársela.
Desde una vida clarisa, esto se comprende de un modo particular. Santa Clara, que no fue una sombra de Francisco, sino una mujer de una hondura espiritual impresionante, recibió de él un impulso que no consistía en imitar gestos exteriores, sino en guardar la forma del Evangelio. En la Regla de Clara se afirma que la forma de vida de las Hermanas Pobres consiste en guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad. Ahí está el corazón: Evangelio, no folclore; pobreza, no decorado; obediencia, no infantilismo; castidad, no rareza, sino totalidad del corazón entregado.
Por eso, para las Clarisas, 2026 no puede ser solo un año de recuerdos franciscanos. Es una llamada a volver a la raíz. A preguntarnos si seguimos guardando aquello que Francisco y Clara quisieron proteger de toda domesticación: la santa pobreza, la humildad, la fraternidad, el amor a la Iglesia, la centralidad de Cristo. Clara llega a decir que Francisco se preocupó siempre de cultivarlas y animarlas “con la palabra y el ejemplo” a ellas, “su plantita”. Una plantita no hace ruido, pero si se seca se nota. Y si vive, también.
Quizá la gran pregunta sea esta: ¿Qué parte de Francisco nos sigue molestando porque todavía no queremos convertirnos?
No es una pregunta para acusar a nadie. Bastante tenemos cada una con llegar a completas sin haber perdido la paciencia por causas que, vistas desde la eternidad, probablemente eran pequeñas. Pero sí es una pregunta necesaria. El centenario puede quedarse en peregrinaciones, actos, publicaciones y fotografías preciosas —Dios bendiga las fotografías cuando salen enfocadas—, o puede convertirse en una ocasión de verdad. La verdad de mirar a Francisco no como una pieza del pasado, sino como un hermano que nos pregunta por nuestra manera de vivir el Evangelio.
Francisco incomoda al mundo porque no se dejó comprar por el mundo. Interpela a la Iglesia porque le recuerda que la renovación no empieza en los planes, sino en los santos. Incomoda a los ricos porque eligió no apoyarse en la riqueza. Incomoda a los pobres de espíritu distraído porque muestra que la alegría no depende de poseer mucho. Incomoda a los fuertes porque fue desarmado. Incomoda a los desanimados porque su vida demuestra que Dios puede rehacerlo todo desde una grieta.
En 2026, cuando se hable de él, convendrá no suavizarlo demasiado. San Francisco no necesita que lo hagamos más aceptable. Necesita que lo dejemos hablar. Que vuelva a decirnos que la paz nace de Cristo, que la pobreza libera, que la fraternidad exige conversión, que la creación no es propiedad sino don, que la muerte no tiene la última palabra, que la Iglesia se ama mejor desde la santidad que desde la queja, y que el Evangelio no fue escrito para ser admirado, sino vivido.
Ochocientos años después, Francisco sigue ahí: pequeño, pobre, terco en la alegría, desarmado y radicalmente cristiano.
¡Y quizá por eso sigue vivo!
Porque los santos no son los que nos dejan tranquilos. Son los que, con mucha paz y bastante paciencia, no nos permiten vivir a medias.




