Hoy, la Iglesia entera se llena de alegría:
celebramos a nuestra Madre y Señora, Santa Clara de Asís.
Nació en 1193 en una familia noble de Asís, pero desde muy joven sintió que el corazón la llamaba a algo distinto. Movida por la predicación de San Francisco, dejó la seguridad de su casa y, en una noche de primavera, se entregó a Cristo pobre. Así comenzó una historia de amor y radicalidad evangélica que aún hoy ilumina nuestro camino.
Fundadora de la Orden de Hermanas Pobres, vivió en la Porciúncula y después en el monasterio de San Damián, siempre en pobreza absoluta, oración constante y profunda alegría. Su vida fue un espejo de Cristo pobre y crucificado, y su corazón, una lámpara encendida para toda la Iglesia.
Hoy siento que celebrar a Clara es volver a las raíces.
Ella nos enseña que la santidad no está en lo extraordinario,
sino en vivir cada instante con el corazón fijo en Jesús.
En un mundo que corre, Clara nos invita a detenernos y contemplar.
En un mundo que acumula, ella nos llama a vaciar las manos para llenarlas de Dios.
En un mundo que teme la pobreza, ella nos muestra que el verdadero tesoro es Cristo.
Que su luz siga guiando a todos los que buscan al Señor.


