Todos tenemos la capacidad de expresar, escribiendo o no, aquello que sentimos. El tema que nos aborda es tan amplio, tan inmensurable como Dios mismo. Por eso hoy, solo puedo limitarme a compartir una serie de pensamientos (a veces mal ordenados) que me vienen, al pensar en el regalo de la celebración eucarística, que es diaria e irreemplazable para una monja.

Las clarisas junto a los cristianos de todo el planeta, encuentran en la Eucaristía, la muestra diaria más profunda de amor: Jesús actualiza su sacrificio en Cruz, por mí, por ti, por todos. Por aquí deberíamos haber empezado. Es fácil de entender; es en la Misa donde más fundidas estamos con Cristo y con su obra redentora. En la Introducción general al Misal Romano dice:

Muchas de las gracias que hemos recibido se deben a la intercesión y oraciones de otros cristianos, muchas veces escondidos y desconocidos, en favor nuestro.

En la celebración de la Misa, que es la oración por excelencia, se realizan intercesiones de unos por otros, por los vivos y difuntos, y por el mundo entero. En las Plegarias Eucarísticas se incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Estas oraciones se llaman intercesiones. Por ellas vivimos de modo intensísimo el misterio de la Comunión de los Santos.

Las Intercesiones, “dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo” (OGMR, 72).

La oración de intercesión es algo antiguo y siempre nuevo. ¿Recordáis a Moisés levantando las manos en la batalla para que el pueblo de Israel prevaleciera? ¿Recordáis como entraban los sacerdotes cada año al Lugar Santísimo para expiar con sus ceremonias (prefigura de Cristo) los males y necesidades del pueblo?

Orar en la Eucaristía es de las cosas más sublimes que tenemos. Siempre el Señor se nos da, en todo momento, a cada instante su amor que hace existir el Universo, nos regala la vida. Pero en la Eucaristía, ese amor es carne y sangre partido y repartido, es Dios que se da, que viene y abre su tienda, acampa contigo.

Me gusta pensar que el mismo hecho de acampar a tu lado, es una invitación a recorrer con Él, el mismo camino de su Pasión y de su Cruz. Y ese camino, no es para recorrerlo solo por una motivación personal e individual; es más bien para andar con Jesús el sendero que salvó a la humanidad al ofrecernos con Él.

Ya sabemos que no podemos agregar nada al perfecto sacrificio de Cristo. Sin embargo, la Iglesia reconoce que no es algo ajeno a nosotros, San Pablo decía: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1, 24).

Para entenderlo, tenemos que pensar en el “HOY”. Soy parte de la actualización de ese sacrificio hoy, lo soy cada mañana cuando me uno a Él en la Cruz, lo completo. Lo soy, cuando participo y aporto como “mano de Dios”, “Corazón orante de la Iglesia”, “alma que permanece en la brecha”, “Luz del mundo”, y esto, aún en medio de las tinieblas.

Para tomar y formar parte de ese sacrificio, debo asociarme a su Pasión. Para esto no basta ir a la “ceremonia” simplemente, cantar y arrodillarme cuando sea que me toque. Hay millones de almas que pueden participar en las celebraciones y no sentirse parte de lo que ocurre.

Al celebrar la liturgia eucarística de una forma sencilla, pero respetuosa y digna, atraemos las miradas de los hombre al Jesús que se da en la Cruz, y por ende, al acto único que nos regala acceso a la Vida. Participamos en los sacrificios de Cristo, cuando por Él estamos dispuesta a dar la vida, y en efecto lo hacemos.

Es por eso que después de los Laudes, el corazón de la monja se abre a la trascendecia de Dios, al alcance de su muerte que abraza prospectiva y retrospectivamente a toda la humanidad. Es un misterio, pero nuestra vida es fe, y por fe se entienden cosas aún sin entenderlas.

Hoy sin ir más lejos me tocaba la campana. El artefacto sonoro que nos reúne en torno a los actos litúrgicos y comunitarios, es un gran conocido conventual. Ser tañedora requiere que me levante antes que las demás y esté pendiente de dar los toques. Es un día que disfruto enormemente, porque es sencillo entrar en la dinámica de Dios si nos dejamos habitar por Él. Las campanas, me las imagino como el canto de los ángeles que nos llaman a la adoración en la mismísima sede de la Divinidad (porque Dios baja a estar con nosotros) y a algo mucho más grande y misterioso, ser con, en y por Jesús, también víctima.

¡Los cantos, las oraciones, el incienso que se quema, el silencio que envuelve la elevación, nos habla tanto de Dios! Te invito a vivir la Misa desde ahora, con esta perspectiva de amor sacrificial que tanto sentido da a nuestro “ser” como cristianos.