En los monasterios de clausura o vida contemplativa, hay dos fechas al año, en las que comúnmente damos un homenaje a nuestra madre abadesa. Lo bonito, es que no solo es para aquellas en funciones, sino también, para las eméritas. Es una forma de agradecer todo el bien que con sus vidas y ejemplos han dado a la comunidad.

Estos días son “Jesús, buen pastor” y el santo de nuestra madre. En estos días, estuvimos de celebración precisamente en el santo de nuestra abadesa emérita, Madre Isabel. Ella ha sido y es el centro de nuestra comunidad, se ha dado y desgastado por la causa del evangelio, orando por el pueblo de Dios toda su vida.

Es un día especial, porque recordamos a Santa Isabel y nos alegramos con nuestra Madre. Al final, celebrar su santo, es lo mismo que dar gracias a Dios por el don de su existencia.

En días así, la comunidad se afana por preparar sus pequeños detalles o presentes a la Madre. Cada una lo hace a su forma y según aquellos talentos que Dios le ha regalado. Unas bordan corporales, manuterjios, etc que luego la Madre utiliza para regalar a los sacerdotes necesitados o mandar a las misiones. Otras componen coplas, canciones y obras de teatro. Este día el monasterio es un bullir de vida, porque en casa, es el día de nuestra Madre.

Siempre dicen que la monja solo reza, pero es porque no nos conocen. El monasterio es una mini-ciudad, con sus servicios, zonas comunes e individuales, con su organización. La Madre, durante el tiempo de su priorato, es la cabeza de la comunidad, de ahí el símil con el Buen Pastor. Ella como Jesús, da la vida por su rebaño. No es mandar su misión, su misión es liderar, que no es lo mismo. Digamos que creyendo como creemos en el Espíritu Santo, pensamos que durante ese tiempo, dado que es la voluntad de Dios, expresada en el voto de las hermanas, la que la ha elegido priora, Dios le da una gracias especial para vivir nuestro carisma y aunar a comunidad junto a ella en un mismo sentir. Por eso es y se siente siempre más servidora que autoridad. Así y solo así, con esa mirada de ternura, puede dirigir los pasos de sus hijas por los caminos de Santa Clara y San Francisco ¿Qué menos que agradecer con alegría todo lo que hace por nosotras?