Una mañana una de las hermanas dedicadas a preparar todo antes de cada misa, iba puntual como cada día a abrir la puerta del Templo. Al dirigirse hacia el Altar notó que había un cuerpo extraño sobre la alfombra del segundo escalón, se paró e intentó desde la distancia adivinar que era aquello. Aquello abrió los ojos, dedicó una mirada somnolienta a nuestra hermana y después un bostezo con grandes colmillos…¡Un gato!. La monja siguió como si nada, subió las escaleras frente a un animal que ni se inmutaba sorteando su pequeño cuerpo para que no fuera pisado.

El Cáliz, el purificador, el Misal, los leccionarios…ella iba trabajando sin darle importancia a aquél felino, que se levantaba y comenzaba a frotarse en las piernas exigiendo unas caricias, a meterse por debajo del hábito importunando los quehaceres de la hermanita que ni se inmutaba.

Pasaron las semanas, y en las horas de recreación Celina contaba una tarde al resto de la comunidad, como ese gato se colaba en la iglesia y como ganando confianza, cada vez era más inoportuno y le hacía el trabajo más complicado.

-¡Échale fuera si te molesta!. -Dijo una.

-¡Si le enseñas la escoba seguro no volverá!. -Replicaba otra mientras el resto reía.

-¿Sabéis que me ocurre con este miníno?. -Pregunté.

-Veo un ser carente de afecto, un corazón que busca cada día de su vida la compañía de Dios y ahí mismo le busca, bajo el Altar y frente al Sagrario. ¡Claro que alguna vez he intentado que se fuera cuando era desacertado!, ¡Pero cada mañana volvía a estar ahí de nuevo…frente a ÉL, en Su seguridad!. Y creo con firmeza que este gato me ha enseñado que todos deberíamos ser como él, buscadores de Dios constantes sin importarnos las veces que nos sintamos fuera, por que en ÉL todos nos sentimos dentro, seguros y vivos. Y por cierto hermanitas…ahora este gatito tiene nombre: Asís.